
Interesante lectura sobre eficiencia de mercados e información:
En un sistema centralizado como el soviético y sus admiradores, la capacidad de recoger y organizar información del Gosplan o comité equivalente es inabarcable, masiva, imposible: analizar todas las capacidades productivas de una economía, y asignar los recursos, en tiempo real, es una tarea sobrehumana. Como resultado, los administradores básicamente acaban actuando siguiendo estimaciones, presiones políticas, o básicamente al tuntún, sin que nada acabe de hacerse bien. Una economía capitalista, aún llena de consumidores y productores miopes, torpes o confundidos, distribuye los costes de información por todo el sistema. Nadie hace las cosas perfectamente (siempre hay un seguro mejor, un coche más adecuado y una casa mejor de precio para lo que busco) pero las aproximaciones son lo suficiente buenas y razonables como para que la cosa no se tuerza demasiado. Exceptuando paranoias pasajeras como burbujas especulativas o crisis de confianza en la economía, la gente tiende a escoger más o menos lo que le conviene, y en agregado las cosas más o menos cuadran.
Sin embargo, los sistemas de libre mercado no están libres de los mismos problemas que el resto, y en ocasiones los costes para obtener información son demasiado grandes. Un ejemplo de estas situaciones es la sanidad.
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El problema es que en el mercado de seguros sanitarios, los costes de información son enormes. Uno de los grandes gastos de las compañías aseguradoras americanas consiste en discriminar pacientes de alto riesgo, no en tratar de curar gente, y en asegurarse que cada cliente paga acorde con el nivel de servicio que recibe y el nivel de riesgo que tiene.
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A lo tonto, el sistema acaba siendo una carísima máquina de selección de pacientes saludables, mientras se envía al resto a un sistema público que acaba recibiendo los pacientes más caros. Y todo por que los costes de información son sencillamente enormes, y producen un rasto de papeles y tinta que abrumaría al más aguerrido funcionario del Gosplan.
El sistema público, sin embargo, no tiene este problema de costes de información, ya que no discrimina. Sabe que acaba pagando por todos los tratamientos, así que no pierde tiempo en seleccionarlos.
Y aquí mi reflexión. Si parece claro que los costes de información son tan caros, ¿no está cayendo la sanidad pública en ese mismo pecado?.
La obsesión por la codificación "lo que no se codifica no existe" potenciada por la proliferación de gerentes obsesionados por las cifras nos lleva al absurdo de dedicar más tiempo a la burocracia y la codificación que a la atención médica. Con lo que caemos en la misma ineficiencia que los sistemas sanitarios privados.
Cualquier médico de a pie habrá tenido esa sensación: "me paso más tiempo escribiendo en el ordenador lo que hago que haciendo las cosas realmente". Y ese es un gran problema.
Para colmo todos esos datos, generados con sudor y lágrimas por los profesionales sanitarios a costa de tiempo de atención médica se pierden en el limbo de la administración, y son guardados en una especie de caja fuerte inexpugnable.
¿Por qué no es posible saber por ejemplo la lista de espera de cada especialista al que derivo a un paciente? ¿Quién puede acceder a esa información? ¿Los gerentes?
¿Por qué no puedo saber cual es la tasa de complicaciones postquirúrgicas de cada servicio de traumatología de mi comunidad autónoma y compararlas entre ellos?
¿Por qué no podrían acceder a toda esa información los pacientes?
Esa información está ahí, los profesionales sanitarios dedicamos esfuerzo en generarla pero luego ni nosotros ni los ciudadanos pueden acceder a ella.
2.12.08
Costes de información en la sanidad pública y privada
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3 comentarios:
Gran artículo!
Una pena no poder verte por Fisalud :(
Me fue imposible. Entre el congreso de SEMFyC, cursos de la unidad docente y las guardias tengo la consulta bastante abandonada ya..
Los gestores dirán lo que quieran, pero el sistema es bastante "soviético". Se recogen -mal- montones de datos, se pierde mucho tiempo intentando hacer "modelos" con ellos y, al final, las decisiones se toman a ojo de buen cubero (o, lo que es peor, siguiendo consignas políticas).
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